13 noviembre, 2007

Aire a gritos

¡Parece increíble¡ comentó alguien cuando esta mañana leí la noticia que decía que Canarias es la segunda región de España que más contamina, después de la comunidad de Madrid. No lo parece, lo es, he pensado casi inmediatamente. Los políticos y responsables de Medio Ambiente del Archipiélago presumen continuamente de que se en las islas el 42% del territorio está protegido. En cierta ocasión, mientras hacía una entrevista al titular de la Consejería de Medio Ambiente del Gobierno y se le llenaba la boca con estos datos, pensé, para mis adentros, que se había llegado a la conclusión que había que proteger el 42% del espacio insular, pero para resguardarlo de las actitudes de las personas que habitan el otro 58.

Tener una amplia nómina de espacios en los que hay un cartelito que reza “está usted entrando en un espacio protegido…” no es suficiente para cumplir con las necesidades que el planeta viene manifestando desde hace siglos. Esto se acaba. La única solución posible para el globo terráqueo, aunque al aspirante Rajoy le conste lo contrario (porque se lo ha dicho su primo), pasa por mejorar nuestra ‘educación’ ambiental. Y la única praxis posible está en las decisiones locales, que deben ser (más) acertadas, estrictas e intransigentes. “Piensa globalmente y actúa localmente”, es esta una máxima que de tanto repetirse se ha convertido ya en un tópico. Sin embargo, no se podrán mejorar los niveles de emisiones si cada vecino no hace lo mínimo, no reduce la basura, no deja de usar su coche para desplazarse cuarenta metros abajo en la misma calle, no cierra el grifo mientras se lava los dientes, y en definitiva, no piensa más ecológicamente. Las buenas voluntades existen, es verdad. Pero con ellas no se mejorará jamás el estado de las cosas. Un territorio frágil, fragmentado, ‘periférico’ como el archipiélago de las Canarias no puede permitirse el lujo de tener unos índices de contaminación 10,4 veces superiores a su nivel de regeneración de lo que ha contaminado. Y la prueba está en la calle. Las islas son un infierno: no cabe ni un sólo coche más, y ya no queda espacio para un metro de asfalto más, el agua se acaba, los niveles de dependencia de los combustibles fósiles son desorbitados, los vertederos están llenos, y amenazan con desbordarse. Y todas las soluciones, todas las que se proponen, parecen añejas y ridículas, de otro siglo. Son tan costosas que cuando se terminan poniendo en práctica son ya claramente ineficientes. El tiempo apremia, y aún los ciudadanos y sus gestores no nos hemos dado cuenta de que no podemos esperar por los gobiernos para empezar actuar, que esto es un tema individual, de cada uno. Por un lado vivimos en un auténtico paraíso ecológico: Canarias es el lugar de España con más insolación, con una fuerza eólica magnífica, bosques, espacios protegidos… pero la otra cara de la moneda es el resultado del aburguesamiento, y la falta de conciencia de todos los que vivimos aquí: un auténtico paraíso, pero podrido ya, resultado de nuestras propias acciones, inconscientemente quizás, destructivas.

Estamos equivocados, no vamos por el buen camino. Esto no es calidad de vida para nuestros hijos. Otra vez, los canarios hemos tomado el camino equivocado.