Tarde o temprano las islas, primero las mayores y luego el resto, se convertirán en algo parecido a los aparcamientos de un centro comercial, es decir: asfalto, rayas en el suelo, túneles, más asfalto y en una esquina unas jardineras que equivaldrán a los espacios naturales protegidos. No habrá remedio, porque aún los que gobiernan en estos lugares siguen pensando, como una vez le oímos decir al catedrático de la ULL Alberto Brito, que el desarrollo sostenible es sostener el nivel de desarrollo (o el desarrollismo), o lo que es lo mismo, no reducir los presupuestos en edificaciones, carreteras, obras civiles, puertos, pistas de aeropuertos, etcétera.
Hace algunas semanas, Diario de Avisos publicaba que una empresa auditora alemana ha asegurado que “existe viabilidad en construir un túnel que una los valles de Güímar y La Orotava”. De locos. No se nos escapa que esa infraestructura ‘ideal’ facilitaría las conexiones, aliviará las autopistas, y regularía otras tantas carreteras, pero ¿a costa de qué? ¿de horadar media Isla? Lo que sí se escapa del entendimiento de los proyectistas y de los políticos es que vivimos en un lugar pequeño, de características únicas por su geología, morfología y valor ambiental y que cada día, con este tipo de acciones, se hace una muesca que hiere estas peculiaridades. El alcalde de La Orotava asegura, contra viento y marea, que el desarrollo de la sociedad pasa por ahí, por asfaltar, atesar y construir, que de lo contrario la economía isleña acabará por sucumbir. Existen, sin embargo, muchas opiniones de lo contrario. Entre ellas la que dice que el turismo, principal fuente de ingresos de Canarias, no se desplaza hasta un archipiélago a muchos kilómetros de la metrópoli para llegar en cinco minutos del Puerto de la Cruz a Güímar.
La única solución pasa por la regulación, y no por el crecimiento ‘insostenible’. Es inviable que existan tantos coches, tantas carreteras, pistas, caminos, aparcamientos, autopistas, anillos insulares… en las islas. Cuantas más infraestructuras se construyan más vehículos habrá, más contaminación, menos espacio, y se necesitarán más carreteras, más túneles. Es una pescadilla que se muerde la cola (o el rabo como se dice aquí). Tarde se entenderá que las islas no son territorios continuos y que debido a ello soportan un desarrollo limitado. ¿Dónde y cuándo colocarán nuestros gobernantes ese límite? Suponemos que cuando se empiece a avistar el aparcamiento, o el centro comercial.